domingo, 7 de junio de 2009

Fotogramas

Una imagen vale más que mil palabras. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
Soy incapaz de articular otra cosa que no sean frases hechas. Siempre me quedarán las imágenes, en su lugar. Y qué mejor que imágenes de cine. Y te toca a tí toca adivinar de qué película se trata. (Para cinéfilos ávidos que no den con alguna de las soluciones, tranquilos, en unos días dejaré la chuleta en comentarios).
Sobra decir que no vale pulsar la foto (porque en la mayoría de los casos desvela el título... tonta y perezosa de mí), y que están en mi lista de imprescindibles.










sábado, 6 de junio de 2009

Biblioclastia

Sé que me repito, pero vuelvo a decir que para todo hay una primera vez. La ventaja de esto es que te permite retractarte, ir contra los que creías tus principios básicos... esta vez va sobre libros. Libros decepcionantes, asqueantes, desquiciantes, insufribles, intragables, repulsivos, vomitivos. Seré una niña buena y me limitaré a decir el título, y usted, lector curioso, podrá indagar sobre su autor para salvarse. O, mejor, prefiero ser mala y advertirle ya del peligro.
¡Espido Freire!
Hace tiempo lo intenté con "Melocotones helados", por aquello de que resultó premiado... y para qué. Pasado un lapsus de tiempo suficiente como para olvidarme de que fui incapaz de leer las primeras veinte páginas del primero, hice el esfuerzo con un segundo, "Cuando comer es un infierno: confesiones de una bulímica", quizá por el tema, muy de moda (y también muy trillado, por lo demás), o (me esto poniendo colorada) por la estúpida razón de que era el único en todos los puestos de la última feria del libro que venía perfectamente envuelto, sin manosear, como recién hecho, y para mí. El caso es que me esperaba una novela de verdad, con trama y personajes, y ésas cosas que tienen las novelas... y no con un catálogo de desórdenes alimenticios con supuestos fines de autoayuda. Mi reacción fue tal que no devolví el dichoso libro a la estantería por si algún día alguien le encontraba algún interés, sino que supe darle una utilidad óptima: lo arrojé de buena gana a la papelera de reciclaje en cuanto bajé con Lúa a la calle.

martes, 2 de junio de 2009

Un sueño

Era uno de esos días. De ésos que se van perezosamente y en los que, en cambio, deseaba más que nunca irse pronto a la cama. Recién metida en ella y pese a las frías sábanas, apenas hubo cerrado los párpados se durmió. Y esa noche tuvo un extraño sueño que, de haber podido recordar a la mañana siguiente, habría permanecido latente en su memoria, saliendo a relucir tarde o temprano.

En el sueño se hallaba en un amplio corredor. Era una mañana nublada, a juzgar por la tenue luz que, a través de unos ventanales, iluminaba la estancia, dándole un aspecto gris, casi fantasmal. A ambos lados, sendas hileras de puertas idénticas se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Sin saber muy bien por qué, barruntó que aquello era un centro escolar... el colegio al que asistía de pequeña.

De súbito, divisó una silueta diminuta al fondo del pasillo; tampoco supo con certeza cómo pudo intuir desde el primer momento que la figura, ahora más cerca, acudía a su encuentro. En efecto, al llegar a su altura, se detuvo en seco. E inmediatamente le embargó el estupor al reconocer en la chica de pie a su lado a Ana. Hacía siglos que no sabía de ella, pero nunca la había olvidado. Su mejor amiga de la infancia, pero también su peor rival, admirada y odiada, única. Ana.

Sin embargo, parecía cambiada. Ya no llevaba el pelo rubio recogido en una frondosa trenza tejida, sino que, desgreñado y oscuro, se derramaba sobre sus hombros. Había adelgazado, no, más bien todo su cuerpo se había alargado y palidecido desmesuradamente. Y aquella aparición inmóvil le dirigía unos ojos acuosos e inexpresivos. Fue entonces cuando empezó a sentir miedo. No pudo evitar rehuir la mirada.

Permanecieron así hasta que oyó de sus labios las palabras: “Necesito una toga soga, ayúdame”.

Turbada, se preguntó en su fuero interno a qué podía referirse, pero su boca, contra su voluntad, contestó inmediatamente: “¿Qué quieres que haga?”. Su tono, extrañamente, era solícito, sumiso... y cayó en la cuenta, incómoda, de que empezaba a comportarse como sólo con ella solía hacer. “¡Una toga soga!”, repitió apremiante mientras señalaba con el índice hacia el frente, y al instante empezó a correr en esa dirección, seguida al poco de su confusa compañera.

Ana, a enormes zancadas, ganaba distancia, ahora temía perderla de vista. Pero frenó ante una de las puertas, la empujó y entró sin más, hasta que su seguidora hizo lo propio.

Estaban en un habitáculo oscuro y de olor acre y, una vez que sus ojos se hubieron acostumbrado, vio a Ana asir de un perchero un objeto de color ocre, una especie de cuerda enroscada en dos vueltas a modo de collar. A su derecha, varias túnicas en púrpura, algo que, en cierto modo, no le sorprendió.

Sin pausa, volvían a salir al pasillo. Ana aún no dejó de correr, desdibujándose en la lejanía. Esta vez nadie iba tras ella.

Un presentimiento horrible cruzó su mente antes de despertar: recordando en el último momento la disposición de las habitaciones, vio cómo Ana, ajustándose frenéticamente la soga al cuello, se precipitaba como una autómata a la derecha, hacia los servicios de las chicas. Y una vez más no hizo nada por alcanzarla, retenida a voluntad de su amiga. Una vez más, y la última, Ana se salía con la suya.

Pero nada de esto pasó por su mente cuando abrió los ojos. No solía recordar sus sueños.

Lo cierto es que nunca volvió a tener noticias de Ana.