Desafortunadas coincidencias. O quizá no tengan por qué serlo, pero esto es algo que, en principio, mis sesos pesimistas ni se plantean. Un hecho que pone de relevancia que ni mis más allegados me acaban de conocer... algo que, de todos modos, encuentro totalmente lógico, dado que ni yo lo logro a ratos (aquello del “gnosei seautón” está aún fuera de mi alcance).Pero vayamos al grano. Hace unas horas me topé con un blog (cuyos datos he optado prudentemente por omitir) en el que la autora comparte conmigo nombre real. Pero lo gracioso es que su imagen de perfil podría tomarse como una mía. Lo cierto es que aparece una chica bastante impersonal (está tumbada boca abajo con la cabeza, sobre los brazos, de espaldas a la cámara). Pero lo poco que hay de apreciable, indómitos rizos castaños, un hombro poco carnoso y una mano pequeña apoyada sobre éste... cualquiera diría que soy yo. Y no sólo cualquiera, mis propias hermanitas han picado el anzuelo en cuanto han reparado en que navegaba por dicho blog. Se me olvidaba: debí aclarar de antemano que, por alguna extraña razón, he decidido no revelar la dirección del mío a mis más allegados... hasta tal punto soy rara. A lo que iba, las susodichas se han empecinado en que confiese que ese blog es mío, una en plan histérico husmeando el contenido de entradas y etiquetas y otra vía paranoia acusándome que crear una supuesta vida paralela, a pesar de que, más allá de las coincidencias descritas, mi “alter ego” resultara ser una mujer de mediana edad y ¡con hijos! Y, a esto último, sin ánimo de ofender, puedo asegurar que, a día de hoy, ni por asomo aspiro.
Después de esta parrafada me he quedado sin aliento. Una parada para respirar.
[...].
A raíz de esto me he acordado del maquiavélico fabricante de chocolate y su sosias en la novela “Desesperación” de Vladimir Nabokov. Buenísima, como todas las que he leído del mismo autor.

