miércoles, 27 de mayo de 2009

Cosas que diría con sólo mirarlo

¿Qué me pasa estos días? He recuperado la ilusión o, al menos, una pizca de ella. Ahora sonrío con más frecuencia, y lo más importante, lo hago con ganas, porque me apetece. He vuelto a canturrear en la ducha; hacía siglos que no me atrevía por temor a las quejas de mis poco musicalmente sensibles vecinos (teniendo en cuenta que yo les ofrezco, o al menos lo intento, jazz vocal y ellos me devuelven reggaeton y Rocío Jurado... requiescat in pace). En cualquier caso, últimamente me daba la sensación de estar envejeciendo prematuramente y ha resultado no ser así.


Y todo por algo o, mejor dicho, alguien. Alguien que ha irrumpido de golpe y porrazo en mi aburrida existencia, alguien a quien al principio (lo confieso) aborrecía hasta tal punto que llegué a plantearme abandonar sus clases... oh, mierda, he hablado demasiado, por una vez en mi vida. No lo volveré a hacer, de verdad.

¿Es posible enamorarse de una persona con sólo mirarla? ¿Cón sólo escucharla? Si es así (teniendo en cuenta que de entrada no me queda otra opción que mirar y escuchar durante unas cuatro horas a la semana, que se dice pronto), entonces creo que ciertas profesiones, ejem, situaciones deberían estar prohibidas, o estarme prohibidas, o por lo menos que a priori se advirtiera a enamoradizos acerca de posibles efectos secundarios, de cara a evitar ulteriores chascos relativos a, bueno, ya sabemos a qué. Otra solución sería excluir de la docencia a aspirantes atractivos, aunque los aludidos me replicarían que lo más oportuno sería cerrar el paso a alumnas ilusas.

Qué mas da. Pronto comienza el verano y sólo quedará confiar en el señor Olvido (que, por cierto, siempre me la juega y nunca está ahí cuando lo necesito).
A no ser que finalmente decida abandonar la asignatura... y la deje pendiente para otro momento. También sería la primera vez que lo hiciera. Hay una primera vez para todo, ¿no? Y el fin justifica los medios.

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