Sé que me repito, pero vuelvo a decir que para todo hay una primera vez. La ventaja de esto es que te permite retractarte, ir contra los que creías tus principios básicos... esta vez va sobre libros. Libros decepcionantes, asqueantes, desquiciantes, insufribles, intragables, repulsivos, vomitivos. Seré una niña buena y me limitaré a decir el título, y usted, lector curioso, podrá indagar sobre su autor para salvarse. O, mejor, prefiero ser mala y advertirle ya del peligro.¡Espido Freire!
Hace tiempo lo intenté con "Melocotones helados", por aquello de que resultó premiado... y para qué. Pasado un lapsus de tiempo suficiente como para olvidarme de que fui incapaz de leer las primeras veinte páginas del primero, hice el esfuerzo con un segundo, "Cuando comer es un infierno: confesiones de una bulímica", quizá por el tema, muy de moda (y también muy trillado, por lo demás), o (me esto poniendo colorada) por la estúpida razón de que era el único en todos los puestos de la última feria del libro que venía perfectamente envuelto, sin manosear, como recién hecho, y para mí. El caso es que me esperaba una novela de verdad, con trama y personajes, y ésas cosas que tienen las novelas... y no con un catálogo de desórdenes alimenticios con supuestos fines de autoayuda. Mi reacción fue tal que no devolví el dichoso libro a la estantería por si algún día alguien le encontraba algún interés, sino que supe darle una utilidad óptima: lo arrojé de buena gana a la papelera de reciclaje en cuanto bajé con Lúa a la calle.

2 comentarios:
Yo también intenté leer a Espido Freire y no pude. Bueno, como soy tenaz y algo masoquista sí que me acabé el libro (Diabulus in musica), lo que me sirvió para aprender a fondo la lección y no volver a intentarlo nunca más. Cada vez soy más partidario de la biblioclastia: los libros son muchos y el tiempo poco.
Afortunadamente, el sentimiento biblioclasta no me surge con frecuencia; será que soy una lectora buena electora... o simplemente que me conformo con poco. Más bien lo primero, creo.
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